domingo, enero 08, 2012

EL GATO TULLIDO



Existió no hace mucho un gato casero, un gato común como cualquiera sin manchas especiales, ni ojos de color llamativo, de hecho su nombre era tan común que no recuerdo cómo se llamaba. Era un gato, simplemente, uno de esos que vemos en los tejados y no los tomamos en cuenta, uno de esos que se ven por las ventanas y no reparamos en su presencia y si lo hacemos es para exclamar simplemente: “¡ Un gato!”.


Este animalillo vivía como muchos una vida regalada, cómoda y resuelta como cualquier gato consentido y casero. Solía comer y esconderse, comer esconderse y dormir, así era su vida y nadie le decía nada al respecto, suele suceder que los gatos son seres que a pesar de ser orgullosos, perezosos e insolentes sus dueños les soportan todo y también suele suceder que eso es motivo de gracia y ternura, así que los gatos entre más insolentes, perezosos y orgullosos sean es mejor para sus dueños. Así, así era este gato casero, un gato común.


Los días pasaban y el gato se escondía, solía esconderse en un lugar muy conocido de él y desde ahí podía ver a otros gatos que pasaban. Los veía, maullar, los veía correr, los veía saltar, pero él no participaba en esos juegos que le parecían muy comunes y poco atractivos, él prefería su escondite y desde ahí asomaba sus ojos y observaba los movimientos de otros gatos.


Así pasaron los días y los meses y el gato seguía con su rutinaria vida y encierro, con su espionaje que le causaba cierta variación de su vida tan común. Comía, salía y se escondía para ver a los compañeros de su especie, pero nunca se entrometía en esos juegos, se metía dormía y despertaba al otro día para realizar como siempre sus actividades tan conocidas.


Asomaba sus grandes ojos y se fascinaba con la vista de esos gatos locos y callejeros, o al menos así los consideraba él, pero sabía, al menos, que él era especial, simplemente por el hecho de no estar con ellos jugando y saltando, simplemente viendo como un guardián o dios gato, según pensaba de sí mismo, al cual no le importaba participar en juegos de mortales gatos.


Cierto día, cuando realizaba su acto de espionaje rutinario vio a un gato que le llamó particularmente la atención, un gato extraño, un gato fuera de lo común, un gato sin cola y con un ojo blanco y ciego, un gato callejero, o “un gato tullido” como él mismo lo nombró. Ese gato con sus particulares características llamó la atención del gato casero primero por lástima, pero luego por la agilidad con la que se movía a pesar de no tener su cola de equilibrio y de no poseer un ojo sano; “¿Cómo es posible que un gato así pueda moverse con tal agilidad y gracia?” pensaba el gato casero y observaba cada movimiento del Gato tullido.


Cada día observaba con atención a ese gato, llegó a la conclusión de que era realmente un gato notable y de que era excepcionalmente ágil y temerario, características que son bien apreciadas por los gatos. Pero el hecho de estar defectuoso le agregaba a ese gato un halo que el gato casero envidiaba y admiraba.


Pasaron los días, pasaron los meses y el gato casero seguía con su rutina, pero ahora el hecho de ver a ese Gato tullido le hacía mucho más interesante su escondite observatorio. Ahí estaba, llegaba el esperado Gato tullido, caminaba por las cornisas, trepaba por las azoteas, se deslizaba por los tubos e incluso se atrevía a caminar sobre los cables, saltaba, se balanceaba, trepaba y se dejaba caer, siempre con una agilidad fuera de lo común para ser un gato defectuoso; “¿cómo puede hacer eso?” se preguntaba el gato casero y por primera vez sintió el impulso de imitar lo que estaba viendo; “Si él puede hacerlo estando así como está, yo podría hacerlo mucho mejor por que soy un gato sano, completo y joven” pensaba el gato casero.


Al otro día observó de nuevo al Gato tullido; trepó, saltó, se balanceó y caminó por los cables sin perder por un minuto el equilibrio; “eso lo puedo hacer yo también” pensó el gato casero, esperó a que el Gato tullido terminara su acto, que acabara con sus malabares y al momento en que se cercioró de que ya no estaba por ahí salió el gato casero a imitar todo lo que había visto; “es fácil, no es cosa del otro mundo” pensaba, así que caminó por las cornisas, trepó por los tubos, se deslizó por los tejados y se balanceó por las ventanas, “no, no es tan difícil” pensó el gato casero y con esa confianza decidió hacer el acto final que siempre hacía el Gato tullido; caminar por los cables sin perder el equilibrio. No fue fácil decidirse, estaba muy confiado; “si él que es un Gato tullido puede hacerlo, yo puedo hacerlo también” pensó y dio los primeros pasos, con elegancia, sin temor, pero dio un mal paso y cayó. Su cuerpo fue a dar contra el suelo, en el patio donde vivían perros muy fieros y el gato casero dejó de existir.


Al otro día el Gato tullido llegó al lugar de siempre a realizar sus movimientos rutinarios, a hacer su acto de malabarismo. Volteó a ver el lugar donde sabía de antemano que estaba siempre escondido ese gato casero, pero no lo vio. Buscó, se asomó y no había nadie ahí. Él siempre supo que era observado y el hecho de ser visto lo hacía sentir orgulloso y realizaba sus actos con gracia sabiendo que había un espectador siempre pendiente de su acto de malabarismo, pero en esta ocasión no estaba su único espectador. Volvió a revisar el lugar pero no había nadie ahí. Ese día el Gato tullido no realizó ningún acto de malabarismo, y desde ese día dejó de asistir a ese espacio que con el tiempo quedó desierto de visitas de gatos.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

esta lindo este cuento gracias por escirbirlo