
En la corte del rey todo es apariencia, nada es real, todo es lo que se ve y se juzga, todos, menos el rey, son víctimas de las habladurías, del chisme, de la burla. Es casi un deporte cortesano hallar el más mínimo error o fallo en alguno de los miembros de esa sociedad para que ello sirva de diversión para los demás, y nadie se salva, todos están o estuvieron en esa situación tan penosa. Hay oportunidad de revancha, por supuesto, en esa sociedad de niños en cuerpos de adultos la palabra madurez está prohibida y es aún más desconocido el término y significado del respeto. Claro está, algunos miembros de esa sociedad eran mucho más atacados, había otros que desafortunadamente habían nacido, aparentemente, para ser el centro de la burla de la corte. Uno de ellos, un duque, un simple y peculiar hombre que había tenido la fortuna de ver sus ganancias económicas multiplicadas de tal manera que el mismo rey lo premió con un ducado y un título, la única condición para mantener su título nobiliario era que su negocio siguiera dando tales frutos al reino, y así lo hizo el duque de manera puntual y disciplinada.
El negocio del duque, por cierto, el Duque de la Oie, que ese era su nombre; Patrick Francoise Patt, Duque de la Oie, era la cría de patos y gansos; se dedicaba además a la elaboración de patés, guisos y otros productos provenientes de estos animales de granja. Aunque no sólo eran gansos y patos, también poseía gallinas y otros animales que le hacían tener una cantidad enorme de productos los cuales vendía. Su industria era tan grande y organizada que muchos pequeños propietarios de granjas habían cedido sus propiedades a este gran industrial, sobre todo los productos de patos y ganso, no podían con él, la calidad de sus productos y los precios eran totalmente apreciados por los compradores y lo preferían frente a otros, el pueblo y los nobles preferían comprarle al duque. Por tanto los competidores dejaron de producir y vendieron o cedieron sus respectivos negocios al duque de la Oie. Su negocio estaba tan bien planificado que incluso las almohadas y almohadones rellenos de plumas de ganso de todo el reino se realizaban en sus fábricas particulares. En fin, el Duque de la Oie era uno de los hombres más acaudalados del reino y por eso el rey mismo lo tenía en gran estima…económica, porque regularmente el rey tenía ciertos prejuicios respecto a elegir a sus amigos íntimos y era bien seguro que el duque no podía considerarse nunca como amigo del rey. Suele suceder que los personajes que ofrecen beneficios pueden ser al menos considerados como buena influencia o buenos compañeros por un momento…pero eso sí, aún con los beneficios o aptitudes serán siempre considerados como cualquiera, nunca como un igual, así es de cruel la vida de algunos.
El duque tenía esposa, una pequeña y regordeta mujercita que no podía evitar mostrar sus orígenes y sus modales rudos; la señora Patricia Canardette, duquesa de la Oie. Al verlos juntos uno no podía evitar decir que eran una pareja perfecta, hechos el uno para el otro. El duque, un hombrecillo muy bajo de estatura, regordete, colorado de sol, medio calvo, manos pequeñitas y brazos demasiado cortos debido a la robustez de su cuerpo que era más panza que cuerpo, su estómago iniciaba en el bajo vientre y terminaba debajo de su barbilla, su porte intentaba ser erguido y distinguido pero lo único que lograba era levantar su trasero haciéndolo ver como una especie de ganso enorme. Eso y sus prendas de vestir lo hacían ser digno de su nombre y título, por cierto. Vestía casacas hechas a su peculiar cuerpo, dejaba que la cola de la casaca se ampliara y eso más su extraño porte lo hacían ver realmente como un ganso. Usaba peluca blanca alta para que su estatura no se hiciera más evidente, pero, desafortunadamente para él, esto lo hacía ver aún más bajo y regordete. Eso sí, siempre vestía a la moda y los colores y cortes, así como los maquillajes, los utilizaba tal como lo imponía la moda de la corte. Sus zapatos de taconcito siempre estaban desgastados por el peso de su cuerpo y además su voz chillona lo hacía ver aún más ridículo y parecido a un ganso o pato. Su esposa era un tanto o un mucho semejante a él, regordeta, blanquísima y con mejillas coloradas de sol, sus ojos pequeños y azules, sus manos pequeñas y gordas como de bebé, su doble papada, sus senos enormes, y su boca de pato. Utilizaba, eso sí, las pelucas de forma correcta, blancas, altas y bien rizadas, aunque, como su esposo, la insistencia en tener un buen porte y un cuerpo que no le beneficiaba le hacía tener una posición extraña que a todos los presentes les recordaba la imagen de un pato. Además la moda indicaba que las mujeres utilizaran una especie de “polizón” que les hacía resaltar su trasero, aunque, en el caso de la duquesa, no hacía falta resaltar nada ya que su gran trasero no solo resaltaba sino que resultaba incluso impertinente.
En fin, ambos, como es de suponerse, eran el blanco de las burlas de los integrantes de la corte. Podían haber rehusado ir a esas reuniones, pero el encanto de ser parte de la corte les hacía asistir a esas juntas de habladuría, cotilleo y chismes superficiales. El rey sólo asistía cuando era un día especial, así que como niños malcriados y abandonados toda la corte se dedicaba a destruir reputaciones y orgullos. Y, para desgracia del duque de la Oie, hacía mucho que no sucedía nada espectacularmente extraordinario para que dejaran de molestarlo a él y a su esposa. Pero ahí seguían, necia terquedad de algunos por pertenecer a algo.
Así pues, la corte había hecho deporte particular el buscar apodos, bromas y chanzas contra los duques de la Oie. Empujones, juegos de palabras, obscenidades, zancadillas y otras bromas realmente infantiles eran lo que recibían los duques industriales de gansos y patos. Pero ellos resistían, sabían que así debía de ser, además no todos los insultaban y de hecho no existía un odio por parte de sus agresores, simplemente era el modo de vivir y comportarse de todos ellos. Sí, tenían amigos que los defendían, tenían aliados y todo parecía equilibrado, sólo era cuestión de hallar algún otro motivo o alguna víctima para desatar sus ingenios destructivos y maliciosos..aunque, a decir verdad, los duques de la Oie eran un motivo más que divertido para ese tipo de actividades poco loables.
Los momentos más humillantes para los duques eran cuando en la mesa de la cena la especialidad era precisamente Paté de ganso. No faltaban las bromas sobre la familia de los duques: “acabo de comerme a tu hijo, Patrick…”, “Oye, qué parte me he comido de ti…ésta estaba particularmente; dura…y pequeñita…”, “Duquesa… Has adelgazado…oh, por supuesto…te he quitado un peso de encima..o más bien; me lo he comido..” y así por el estilo. Ya las bromas habían pasado del límite y el duque estaba harto de tanta palabrería en contra de él y de su esposa, no, no renunciaría a su título, y tampoco renunciaría a la corte. Toda su vida había vivido como un simple granjero y la oportunidad de ser de los nobles le agradaba, y si algún día tenían hijos ellos serían nobles y tendrían más oportunidades de mejorar en todo, y quién sabe, tal vez algún día serían consejeros, ministros o médicos del rey, o quizás simples acompañantes íntimos. Bueno, todos los miembros de la corte deseaban tener ese tipo de privilegios, ¿Por qué el duque de la Oie debía ser la excepción?
El duque harto de las bromas estaba decidido a vengarse de manera ejemplar de esa corte que odiaba y amaba a la vez, es un decir eso de “lo amaba”, realmente a nadie se podía apreciar en ese lugar. Un buen día, un amigo suyo, un viejo escribano, le presentó a un personaje que venía de tierras lejanas. Decían que era un hechicero, un lector del futuro y conocedor de muchos secretos del universo y del mundo real y ficticio. Se decía que era inmortal, que tenía más de cuatrocientos años y que sabía además los secretos de todos los reinos y todas las historias de los cortesanos. Era también poseedor de conocimientos ocultos, de la brujería, para ser exactos. Siendo el duque muy adinerado podía, por algunas monedas de oro, hacerse de entrevistas con esta clase de personajes. Lo citó, con pago previo y bastante abundante, en su casa. El personaje misterioso y fascinante se presentó ante el rico granjero. Era altísimo, su barba negra recordaba a la de esos diablos de las pinturas medievales, poseía unos ojos grises que le daban un aire aún más misterioso y melancólico, su cabello era negrísimo y largo, lo anudaba con una cinta detrás de su cabeza, sus ropas parecían muy antiguas pero eran elegantes y exquisitas, casi no sonreía y cuando lo hacía causaba una sensación de miedo. Realmente se adivinaba su total y casi eterna experiencia en las cosas de la vida…si era verdad que era inmortal sí que lo podía demostrar con sólo verlo.
El duque, intimidado ante este personaje, le ofreció alojamiento, comida, lo que él quisiera todo a cambio de que le ayudara a realizar su ansiada venganza contra todos aquellos miembros de la corte. El misterioso personaje al saber su deseo dijo: “Comprendo…los humanos siempre buscan la venganza, aunque debo advertirle, señor duque de la Oie, que no siempre es tan benéfico para el que lo realiza…y en muchas ocasiones es contraproducente…”, “no importa” dijo el duque, “basta con verlos humillados una sola vez, sólo una”. El personaje hizo un ademán de comprensión y preguntó: “¿Qué puedo hacer por usted, qué desea que le diga, que le ofrezca o le venda ?”, “realmente no lo sé” dijo el duque. ”Pero, sí…mi deseo es verlos convertirlos a todos en gansos y patos, todos ellos”. El personaje misterioso buscó entre sus objetos, llamó a su “valet” quien le dijo algo al oído, hizo un gesto de comprensión y sacó un frasco al cual le agregó unos cuantos polvos que sacó el “valet” de su casaca como si supiera exactamente lo que deseaba su amo, quien lo miró con agradecimiento sincero y comprensivo. Revolvió, y pidió al duque, que miraba fascinado todos estos movimientos, que le diera un poco de vino tinto nuevo, ni avinagrado, ni añejado. Lo mezcló. El color inicialmente azuloso se tornó en un violeta muy atractivo y hecho esto el personaje se lo ofreció al duque quien estaba ansioso y sorprendido con todos esos ademanes y misteriosos movimientos, acto seguido ofreció al personaje misterioso una bolsita llena de monedas de oro. Hecho esto, el fascinante hechicero tomó sus cosas, llamó a su “valet” y dijo al duque: “entonces…creo que eso es suficiente…simplemente vierta este líquido en el paté de ganso y todo aquel que lo coma se verá convertido en ganso media hora después de haberlo consumido…no hay marcha atrás, así que no me pida una fórmula para desaparecer este hechizo…así pues, muchas gracias Duque de la Oie, espero que disfrute con lo que le he dado….oh por cierto, puede llamarme simplemente Conde de Saint…” pero esto ya no lo escuchaba el duque, estaba tan emocionado que ni siquiera volteó a ver al Conde quien al verse así, en esa situación partió en silencio, de manera elegante y misteriosa junto a su “valet”.
El duque de la Oie estaba ansioso de probar ese líquido misterioso, quería comprobar si era verdad tanta felicidad de ver su venganza al fin realizada. No tardó realmente nada en llegar a las cocinas del palacio en donde los cocineros preparaban, precisamente el famoso Paté de Ganso del Duque de la Oie. Al verlo entrar de forma tan precipitada casi no hicieron gestos por detener lo que casi de inmediato hizo el duque sobre el paté. El duque les decía: “oh no se fijen, es un añadido que deseo probar el día de hoy, una invención mía ¿saben?....oh no, pero no lo pruebe usted Chef, confíe en mí, luego le haré llegar un poco de esto para que lo pruebe…oh no, no por favor que nadie más pruebe esto, se los pido…”. Acostumbrados a los caprichos de esos nobles, los cocineros y ayudantes no hicieron nada más y continuaron realizando los preparativos para el banquete de esa tarde.
El duque estaba feliz, ese día puso mucho más cuidado en su apariencia, hizo lo posible por aparentar tranquilidad aunque realmente estaba ansioso por ver los resultados de ese experimento que realizaba al fin su ansiada venganza. No podía esperar, sudaba, temblaba y caminaba por todos lados, era un montón de nervios, pero estaba feliz, muy feliz.
Llegó la hora al fin, el duque y la duquesa fueron anunciados con los sonidos y burlas que ya eran cosa común cada vez que llegaban. Pero en esa ocasión el duque sonreía como festejando las bromas, era un tanto extraño ver esa reacción por lo cual los embromadores pronto se aburrieron y dejaron por la paz sus acciones. Llegó el rey, todos en silencio, todos escuchaban atentamente la marcha y se dio la orden de servir la cena en buen orden, todo iba bien, el duque de la Oie disfrutaba cada momento y esperaba el instante en que se sirviera el paté de ganso, para alivio de él, y del reino, el rey no gustaba de comer este platillo en particular, prefería el queso, así que la venganza del duque sería sólo contra sus verdaderos enemigos y no contra el monarca quien había sido tan amable con él.
El paté fue servido, todos comentaban sobre lo bueno que estaba precisamente ese día y tomaban un poco más. El plato quedó totalmente limpio y todos los asistentes quedaron totalmente satisfechos. El duque observaba y no veía cambio alguno en la apariencia de los cortesanos, pero de repente uno de ellos gritó: “Un ganso, un ganso, un ganso con peluca”, y todos voltearon a ver el acontecimiento, de repente apareció otro ganso por otro lado y casi de inmediato una cortesana desaparecía entre sus vestidos para dar paso a un ganso con collares y joyas en el cuello y en el cuerpo. Así, toda la corte se vio transformada, todos eran gansos. Cientos de gansos recorrían la sala de duelas y graznaban uno a otro. El rey al ver esto se escandalizó: “pero…¿qué significa esto? Jacques haga que todos esos individuos estén perfectamente vestidos, es una vergüenza verlos a todos así sin ropas, es un escándalo que no puedo permitir…” y así fue, todos los gansos fueron vestidos por la servidumbre, como pudieron, con todas las prendas que estaban tiradas por la sala y al final la corte entera de gansos perfectamente vestidos le rendía sus respetos al soberano a quien no le importaba si sus súbditos eran gansos o humanos, al final de cuentas realmente su indiferencia y magnanimidad ante todos los seres era realmente digna de un soberano como él, al menos, eso sí, sabía guardar la compostura ante cualquier cosa. Los gansos vestidos y en formación sumisa observaron cómo se retiraba el Rey haciendo sus gestos habituales y acompañado por la música que tocaba su marcha de despedida y acompañado en esa ocasión por algunos gansos con peluca y vestidos de colores.
Y el duque de la Oie, mientras tanto, observaba asombrado toda la escena, junto a su esposa observó con cuidado cada cosa que sucedió ese día, esa tarde y se sorprendió aún más al ver que ninguno, ningún miembro de la corte parecía estar incómodo ante la situación, y mucho más cuando pudo ver que ya vestidos como estaban, todos esos gansos siguieron haciendo bromas sobre la apariencia del Duque y su esposa, y mucho más por que de todos, ellos dos eran los únicos, con excepción de la servidumbre y el Rey quienes eran distintos a ellos que guardaban, aún siendo gansos, su porte, su gracia y su flema que los hacía distinguidos…gansos, sí, pero muy distinguidos.
Así pues, el duque de la Oie no pudo ver completa su venganza y al contrario hizo, con su acción, que su apariencia, sus gestos y sus vestimentas fueran aún más marcadas y motivo de las burlas y bromas de esa nueva corte del Rey.
Tiempo después el pobre duque de la Oie y su esposa tuvieron que huir, prácticamente, de ese reino y tuvieron que refugiarse en el reino de Grenouilles donde esperaban que su industria creciera aún más…pero: destino cruel, el paté de ganso no era lo que se prefería en esa corte nueva y pronto el duque cayó en la ruina y en el olvido. Por supuesto, nunca tuvo hijos, y nunca vio sus sueños realizados.
Y la corte del Rey aquél…bueno, esa peculiar corte de gansos continuó con sus costumbres de chismorreo y cotilleo aunque desde que el duque de la Oie huyó dejaron de consumir paté de ganso y productos semejantes, pero…no les importó, pronto las semillas se convirtieron en el platillo favorito de los cortesanos y la vida siguió su rumbo…
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